En Santa Marina, las abejas tienen la última palabra. Roberto Calvo Sáenz puede decidir dónde colocar sus colmenas, cuándo trasladarlas o cómo preparar la miel para su envasado, pero no puede decidir cuándo florecerá el tomillo, cuánto durará una primavera o qué traerá el siguiente invierno. Esa dependencia del paisaje forma parte de su trabajo y está detrás de El Praeño, su proyecto apícola en el valle del Jubera.
Santa Marina se encuentra a unos 1.243 metros de altitud, en el municipio de Santa Engracia del Jubera. Es un entorno de montaña en el que la actividad agrícola y ganadera convive con amplias zonas de monte y una vegetación que proporciona a las abejas los recursos necesarios para desarrollar su ciclo.
Desde allí, Roberto produce, extrae y envasa miel para su posterior comercialización, tanto directamente al consumidor como a través de establecimientos comerciales. Su actividad forma parte ahora del Registro de Artesanía de La Rioja, donde aparece con tres variedades: miel milflores, miel de bosque y miel de alta montaña.

Un calendario escrito por la naturaleza
La apicultura obliga a trabajar con un calendario diferente. Las estaciones no son simplemente una sucesión de meses: determinan cuándo las colonias pueden salir a recolectar, qué floraciones encontrarán y cuándo será posible obtener una determinada cosecha.
Por eso, el trabajo del apicultor comienza mucho antes de abrir una colmena para extraer la miel. Durante todo el año hay que observar el estado de las colonias, controlar su evolución y adaptar su manejo a las condiciones meteorológicas y a los recursos disponibles en cada momento.
En el caso de El Praeño, las colmenas se distribuyen por distintos puntos del valle del Jubera y otros municipios próximos, aprovechando los diferentes momentos de floración. Esta movilidad permite acompañar el ciclo de las plantas y obtener producciones vinculadas a distintos entornos. La explotación llegó a contar con alrededor de 350 colmenas y varios asentamientos. En los últimos años, sin embargo, las condiciones meteorológicas y otros problemas que afectan a las colonias han obligado a afrontar pérdidas importantes y a reconstruir parte de la cabaña apícola.

Tres mieles para contar un territorio
El catálogo de El Praeño reúne tres variedades que permiten acercarse a diferentes paisajes y momentos del año: milflores, bosque y alta montaña.
La miel milflores procede de los distintos recursos florales que encuentran las abejas en el entorno. En zonas del valle como Jubera, Lagunilla y Robres del Castillo, Roberto ha trabajado con floraciones como la del tomillo, aprovechando los desplazamientos de las colmenas.
La miel de bosque presenta otra personalidad. Su producción está especialmente vinculada al entorno de Santa Marina y adquiere protagonismo durante la campaña de otoño. Entre los recursos forestales de la zona destaca el roble, estrechamente relacionado con esta producción.
La tercera referencia es la miel de alta montaña, también recogida entre las variedades comercializadas por El Praeño.

El nombre de Santa Marina
La marca El Praeño también mantiene una relación directa con el lugar donde nace el proyecto. El término hacía referencia antiguamente a los habitantes de Santa Marina y fue elegido para identificar la producción apícola de Roberto.
La decisión resulta especialmente significativa porque evita separar el producto de su procedencia. El nombre de la localidad acompaña a la miel desde la colmena hasta el tarro y convierte el origen geográfico en parte de su identidad.
Santa Marina es además un núcleo pequeño, situado en un entorno de montaña donde mantener una actividad profesional implica enfrentarse a dificultades que no aparecen en otros territorios. Los inviernos pueden ser especialmente exigentes y las condiciones meteorológicas condicionan tanto la vida cotidiana como el trabajo con las colmenas.
En ese contexto, mantener una explotación apícola significa también apostar por seguir desarrollando una actividad económica en el medio rural.

Del colmenar a la sala de extracción
El Praeño no se limita a producir miel. Roberto Calvo Sáenz también realiza su extracción y envasado, completando buena parte del proceso antes de que el producto llegue al consumidor.
Para ello cuenta con una sala de extracción y envasado situada en Santa Marina, cuya rehabilitación contó con apoyo del programa Leader. Disponer de este espacio permitió trasladar al propio territorio una parte fundamental de la transformación y preparación de la miel.El resultado es un proyecto que controla distintas etapas de la cadena: desde el cuidado de las colmenas y la recolección hasta el envasado y la comercialización. Esta última se dirige tanto a consumidores finales como a establecimientos comerciales, manteniendo una dimensión local que permite que la miel siga vinculada al lugar donde se produce.

Una explotación que aprende a resistir
La apicultura está sometida a factores que el productor no puede controlar completamente. La meteorología, la disponibilidad de alimento, las enfermedades y la presencia de especies invasoras pueden alterar una campaña entera.
En 2026, El Praeño afrontaba precisamente uno de esos momentos complicados. Las pérdidas sufridas durante el invierno habían reducido de manera considerable el número de colmenas y obligaban a trabajar en la recuperación de nuevos núcleos para afrontar la campaña posterior. La situación muestra una parte menos visible del oficio. Cuando un tarro de miel llega a una tienda, resulta sencillo imaginar la extracción y el envasado, pero detrás existe un trabajo continuo de vigilancia, desplazamientos, mantenimiento y recuperación de las colonias. En una explotación pequeña, además, cada pérdida tiene consecuencias directas sobre la producción futura.

Una miel que conserva el lugar de origen
El Praeño forma parte de esas iniciativas rurales en las que producto y territorio avanzan juntos. El proyecto de Roberto Calvo Sáenz fue reconocido en 2024 dentro del programa Tierra de Oportunidades, impulsado en La Rioja Oriental para apoyar proyectos de emprendimiento y autoempleo en el medio rural. Su actividad demuestra que la apicultura puede convertirse en una forma de mantener actividad económica en pequeños núcleos y, al mismo tiempo, poner en valor los recursos naturales de un territorio.
Al final, la historia de El Praeño vuelve al punto de partida: las abejas siguen marcando el calendario. El apicultor observa el tiempo, las floraciones y el estado de las colmenas; adapta su trabajo y espera. Después llegará la extracción, el envasado y una etiqueta con un nombre que nació en el propio pueblo.
El Praeño lleva Santa Marina en su nombre y el valle del Jubera en el origen de sus mieles.

Quienes quieran conocer el proyecto y seguir la actividad de Roberto Calvo Sáenz pueden hacerlo a través de sus canales digitales @elpraeno y de la información recogida en el Registro de Artesanía de La Rioja, donde figura su actividad como apicultor y las variedades de miel que comercializa. También es posible contactar directamente con El Praeño a través de los datos de contacto asociados al proyecto.


